Mi querida Deuda (I)

“Al bajar la marea se puede ver a quienes estaban nadando desnudos”

 Últimamente, la palabra que más escucho ya no es “crisis”, sino “deuda”. Esto me hace pensar y me suscita muchas dudas, porque sé que, en general, tanto los particulares como las empresas o los estados tienen deudas. Y me pregunto: ¿dónde está la frontera para saber que la deuda no te puede hacer daño financiero? ¿Cómo resuelve su situación alguien que está desbordado por la deuda? ¿Está ya condenado para siempre?

Era tal mi necesidad de aclarar este asunto que llamé a mi amigo para ver si tenía un rato y me explicaba estas cosas. Me dijo que hablaríamos de ello gustosamente. En esta ocasión me rogó que fuera a su casa preparado para hacer una excursión por la montaña y, así, durante el paseo, me hablaría de “la deuda”. Eso sí, me citó a las 6:30 de la mañana… ¡Creo que no había madrugado tanto en toda mi vida! Pero ya os digo que mereció la pena.

Me presenté en su casa a la hora convenida con mi atuendo de excursionista y una mochila llena de comida, bebida, ropa, cámara de fotos y trípode, todo por si acaso. Desde su casa empezamos a caminar. Durante los primeros minutos caminamos en silencio, pero cuando empezamos a subir por un camino – muy empinado por cierto – me preguntó qué quería saber exactamente. Le dije que quería saber cómo deben actuar quienes están desbordados por la deuda comprometida.

Después de caminar un buen trecho comenzó a hablarme de nuevo y me dijo lo que ahora, por su importancia, os transcribo literalmente:

“Mi padre era un hombre muy prudente, un hombre que jamás se endeudó. Todo lo que adquiría lo hacía con el dinero que él ya había ganado. Pagaba al contado y siempre presumía de no deber nada a nadie. Una frase muy suya era “Los bancos nunca comerán conmigo”. Yo aprendí muchos años más tarde que esto es pecar de prudencia, ya que apoyarse en la deuda permite un crecimiento más rápido y ser más competitivo. Esto es válido para estados, empresas y particulares. La deuda bien gestionada funciona como una palanca con la que multiplicas tu capacidad financiera y, por lo tanto, el crecimiento. Por eso habrás oído que a la deuda también se la llama “apalancamiento financiero”. No obstante, hay que saber medir el nivel equilibrado de deuda con el que te puedes comprometer, porque cuando hablo de compromiso parto de la base de que los hombres y mujeres honorables siempre cumplen con sus obligaciones. Para medir el nivel de deuda que se puede asumir hay herramientas técnicas muy sofisticadas. Pero no te las explicaré ahora, sólo te diré algo que cualquiera puede hacer para medir su capacidad de asumir deuda: quien se compromete con deuda a pagar debe hacer la siguiente reflexión: En el peor de los casos, es decir, si pierdo o se reduce mi fuente de ingresos y no puedo pagar la deuda, ¿cómo me cambia esto la vida?  Si la respuesta es que podría salir adelante sin que me afectara en mi vida de forma significativa, estamos en un punto equilibrado. Si la respuesta, por el contrario, es “me hundo y arrastro a quienes han confiado en mí”, entonces mal asunto. Yo aconsejaría a quienes se comprometen con deuda que la avalen y garanticen por sí mismos hasta donde lleguen y que eviten pedir (normalmente a familiares) que les avalen o que les presten: estas cosas suelen acabar bastante mal si no hay una gestión adecuada. También aconsejaría a quienes les es solicitado el aval que NO avalen bajo ningún concepto antes de hacer la misma reflexión: en el peor de los casos, es decir, si tengo que cubrir la deuda que he avalado, ¿cómo me cambia esto la vida? Si siguen esta regla evitarán situaciones realmente duras y desagradables, de esas que sí te cambian la vida.

Mira: quienes se comprometen con una deuda excesiva esperando a que las cosas vayan mejor son quienes echan a su espalda una mochila tan pesada como la que tú llevas en este momento. Normalmente tienen que soltarla porque llega un momento en el que la deuda, si no se controla, pasa a ser un monstruo que te devora. Así que, aprovechando este comentario, y dado que te veo sudando a raudales  aunque sólo son las 9 de la mañana, vamos a parar bajo aquel árbol para ver cómo podemos lograr que vayas más cómodo y te quites de encima semejante mochila… ¡A quién se le ocurre ir así de cargado!”

Se lo agradecí. La verdad es que estaba agotado subiendo aquellas laderas de rampas increíbles y con un mochilón que me estaba torturando. Así que llegamos al árbol, descargué la mochila, me descalcé y senté bajo aquella amable sombra sintiendo un alivio increíblemente placentero. Mi amigo se sentó también y me dijo que me iba a contar una historia real sobre un hombre a quien sus deudas le devoraban. Así que me puse lo más cómodo posible y le escuché.

Esta historia os la contaré en el próximo artículo; es realmente valiosa y creo que merece un capítulo por sí misma. Os espero, entonces, para compartirla con vosotros. Será muy pronto.

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