Mi querida deuda (II): Hilario

“Las deudas financian estilos de vida ricos para personas que no lo son”

Ya estoy aquí de nuevo para transmitiros la interesantísima historia que mi amigo, bajo aquel árbol, en un ambiente de absoluta paz y serenidad, me contó.

“Ya conoces a Hilario ¿no?. Es el señor que cuida de mis jardines y de mis árboles. Bien, yo conocí a Hilario hace aproximadamente un año, cuando llamó a mi puerta ofreciéndome sus servicios. Aquel día, mientras escuchaba lo que me decía sobre los servicios que prestaba, sentí que le sucedía algo muy importante y profundo, que algo no iba bien en su vida. Y ya sabes como soy: no quise pasarlo por alto y le pregunté cuál era su grave y evidente problema emocional. Aquella pregunta inesperada hizo que se viniera abajo. Sus ojos se llenaron de lágrimas y, la que hasta entonces era una voz firme, se quebró por completo. Le hice pasar al interior de la casa para que se pusiera cómodo y le dije que podía ayudarle si me contaba ese gran problema que le desbordaba.

Se abrió. Me contó que estaba casado y que tenía tres hijos, que vivía de su trabajo como jardinero y que este trabajo suponía el único ingreso que entraba en su casa. Me contó que entre una cosa y otra se había echado encima un deuda desmedida que apenas podía pagar. Una deuda que se había ido incrementando porque para pagarla volvía a endeudarse, y así había entrado en una espiral de pago de deudas e intereses que se había vuelto insoportable.

Estaba abrumado pues no sabía como solucionar esta situación. La desesperación era su constante; se sentía avergonzado ante su familia y humillado cada vez que volvía a pedir dinero a los bancos, a los amigos o a quien fuera para poder pagar. El miedo atroz que le inundaba era el que le quitaran la casa y, sobre todo, que sus vecinos y amigos se enteraran de cual era su situación. Todo esto había conseguido que su salud se resintiera convirtiéndose en un enfermo.

Le pregunté cómo pensaba solucionar esta incómoda situación (no quise emplear la palabra “dramática” porque le hubiera hecho todavía más daño del que él mismo se infligía). Me contestó que su obsesión era pagar el recibo mensual de la hipoteca para garantizar que, al menos, no perdía la casa. De las demás deudas (el préstamo del coche, de la furgoneta, las tarjetas de crédito, las cuentas acumuladas en los comercios que le fiaban, préstamos de algún familiar y también algún buen amigo) iba pagando a muy duras penas los préstamos de los bancos y las tarjetas de crédito. Al resto ya no llegaba. Me dijo que cuando tenía dinero en efectivo compraba en tiendas distintas de las habituales porque en las que debía ya no le fiaban. Bueno, ya ves, una situación muy menos fácil. Para cubrir todo esto tan sólo tenía los ingresos que le generaba su trabajo como jardinero, ingresos que se los comía la deuda en el mismo momento que entraban. Además de todo esto, estaba aplicando el principio de absoluta austeridad en casa, recortando gastos de todo tipo: luz, ropa, calefacción, comida, etc…

Una vez escuchado todo lo que me tenía que decir le pedí que se tranquilizara porque era una situación con solución, y yo le iba a ayudar a encontrarla.

En primer lugar le expliqué que su situación no era en sí misma un problema sino un síntoma de algo que no funcionaba adecuadamente. Le dije que, tal y como estaba, su capacidad de tomar decisiones inteligentes respecto a la deuda era prácticamente nula ya que el miedo a “NO PAGAR” y el miedo al “ESCARNIO PÚBLICO” le tenía esclavizado y atrapado en una trampa sin salida. Le hice ver que toda esta situación no sólo había acabado con su posibilidad de vivir (él y su familia no vivían, sólo sobrevivían) sino que literalmente iba a acabar con su vida.

Así que primero le hablé de “la deuda” y después de la “tintura de árnica” con que tenía que frotar sus dolencias.”

En aquel momento mi amigo se quedó en silencio, ensimismado, escuchando el canto de los pájaros que revoloteaban a nuestro alrededor, y la verdad, no quería importunarle, pero estaba deseando que siguiera con la historia de Hilario. Pasó un buen rato y por fin me dijo: “Deja aquí la mochila, no le va a pasar nada, coge si quieres la botella de agua y un poco de comida y vamos a seguir hasta coronar esta cota, caminando hacia arriba te contaré como acaba la historia de Hilario el jardinero”.

Pero eso es ya materia del siguiente post, que publicaré dentro de dos días para no extenderme demasiado. Hasta entonces y un saludo!

Anuncios

Comentarios desactivados en Mi querida deuda (II): Hilario

Archivado bajo Educación financiera

Los comentarios están cerrados.